Listas abiertas

Publicación original (ABC)

La ley Electoral se ha convertido hoy en uno de los más formidables obstáculos para la innovación política y para la modernidad democrática en España. Esa ley es un auténtico candado guardián del mantenimiento de la situación de corrupción política en que estamos.

Si no cambiamos la Ley Electoral, tendremos que decir adiós a cualquier cambio liberador, a ver cómo nuestra vida política sigue fosilizándose por la acción concurrente de las oligarquías en que se han convertido los aparatos de los partidos políticos instalados. Con listas abiertas, cada elector podría componer su lista con los candidatos de su elección y los partidos perderían poder entre sus propios miembros, pues ya no decidirían quién va a ser elegido.

Con listas abiertas, se establecen las condiciones para ejercitar en la práctica parlamentaria el voto en conciencia, como ya ocurre ahora en los países más democráticos. Con listas cerradas pervive el voto de obediencia, mediante instrucciones, ajeno a ningún medio de razonamiento o persuasión. La pérdida de poder que esto significaría para los partidos políticos no sólo es buena y deseable, es indispensable para la recuperación de ese poder, que les fue usurpado en su día, a los ciudadanos.

¿Se opone alguien a este cambio en la Ley electoral? Personalmente no he hablado con nadie sobre este tema que cuestione la utilidad de los cambios apuntados. Pero alguien habrá en contra porque los que pueden cambiarlo, los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, no lo hacen. Si hiciéramos esta pregunta en referéndum, apuesto a que ganaría el «Sí» por goleada. Es un cambio factible y necesario para hacer que la democracia sea real, para quitar el poder abusivo a las instituciones y que les sea devuelto a los ciudadanos. En lugar de frases grandilocuentes meramente retóricas, bastaría con ponerse modestamente, manos a la obra.

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