Deshumanizando

Nuestros viajes han dejado de ser aventuras románticas o deliciosas experiencias de otros mundos. Nos agolpamos como ganado en colas y salas de espera y nos calzan como embutido en unos asientos de avión donde llegas comprimido.

La crianza de gallinas en corrales y al aire libre es cada vez más escasa. Nos dedicamos a la cría intensiva en naves industriales. Amontonamos a esos pobres animales en jaulas en las que no se pueden mover. Les cortamos el pico. Los inflamos a antibióticos y ni siquiera les dejamos disfrutar de la luz del día.

Ayer visité una piscifactoría. Como es habitual, prima el criterio productivista. Más de cuatrocientos mil peces apiñados en una jaula dan para mucho. Se les alimenta con 21 toneladas de pienso cada día en la época estival, frente a nuestras mejores playas. Grandes números, grandes consumos, supongo que grandes beneficios, y a veces ni siquiera, pero por intentarlo que no quede…

La arquitectura también ha dejado de hacerse a escala humana. El refinamiento de los edificios clásicos, esas volutas, esas esculturas, esas rejas, esas baldosas, que lucen por puro placer visual, sin mayor utilidad que el gusto por la belleza, aunque… ¿qué hay más útil que cultivar el espíritu?

La agricultura se ha convertido en una máquina de conceder caprichos en la que podemos comer cerezas en enero y naranjas en agosto. Sin sabor, pero da igual, tienen el color y la forma.

Y con el dinero ha pasado lo mismo; también nos movemos en ese terreno de lo aparente, de lo irreal. No nos bastaba controlarlo para poder vivir dignamente, el crédito ha tenido que circular a raudales, a lo bestia, hasta romper el equilibrio de las pequeñas y sensatas economías de las familias.

¿Ganamos o perdemos calidad de vida? Cuestión de rentabilidad monetaria ¿único criterio? ¿hasta cuándo?

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