¿De quién es la hora?

Doy clases de gimnasia con una profesora rusa. Suele dejar la televisión encendida, sin sonido, mientras hacemos abdominales. El otro día apareció Medvedev en el telediario y me dijo:

– El Presidente ha dicho que Rusia cambiará por última vez la hora en verano. En otoño no lo hará porque la necesidad de adaptarse provoca enfermedades y estrés.

– ¿Ah, sí? Le respondí sorprendida. ¿Es seguro? Me extraña que renuncien al ahorro de dinero que supone el cambio de hora.

– Si lo ha dicho el Presidente, ¡así se hará! me espetó indignada por mis dudas acerca de la palabra de su Presidente.

El cambio de hora comenzó a generalizarse a partir de 1974, cuando se produjo la primera crisis del petróleo y algunos países decidieron adelantar sus relojes para poder aprovechar mejor la luz del sol y consumir así menos electricidad en iluminación. Cogieron como excusa esa crisis, y desde el año 2001, la medida se aplica con carácter indefinido por ley.

Según estimaciones del Ministerio de Industria, el ahorro en iluminación para nuestro país es de más de 60 millones de euros. Aunque a nivel particular la cifra suena impresionante, lo cierto es que es irrisoria en comparación con los presupuestos que se manejan a nivel estatal. Solo por poner un ejemplo, en el último Plan E del año 2010, el Estado ha gastado casi el doble, 100 millones de euros en ayudas a particulares para compra de coches.

Hay derechos que no son de los Estados sino de los individuos. La hora es una de ellos. Derechos inalienables que no deberíamos dejar en manos de nadie. Derecho a la luz del día, a la oscuridad de la noche, al descanso apacible de nuestros niños y ancianos. La hora es nuestra, no del Estado.

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