Comercio con seres vivos

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A finales de los 90, la Unión Europea fomentó y subvencionó la instalación de piscifactorías en nuestras costas. La pesca mundial se estaba agotando y era necesario «reconvertir» a los pescadores en «cultivadores» de peces. Era necesario poner la tecnología al servicio de la crianza de peces en lugar de esquilmar el mar. Por eso acabamos en Altea, nuestro municipio, con una piscifactoría en pleno parque natural de Sierra Helada.

Estas instalaciones son siempre muy controvertidas. Sin profundizar en el comercio de seres vivos, cada vez más detestado, las piscifactorías no dan respuesta a toda una serie de preguntas inquietantes: la necesidad de grandes proporciones de harinas de pescado para la composición de los piensos, su despreocupación por el bienestar animal, floraciones de algas nocivas, uso de fármacos para controlar las enfermedades, contagio de enfermedades infecciosas y parásitos de las especies acuicultivadas a las que están en libertad, etcétera.

Necesitamos respuestas a esas preguntas y estamos seguros que los científicos y empresas están investigando para conseguir mejoras continuas en todos los ámbitos. El problema es que, mientras, no podremos producir de manera sostenible y, lo que es aún más grave, no podremos poner remedio al problema que a mi juicio es más triste: que la acuicultura se fomenta, fundamentalmente, porque la mar será diezmada por la irracionalidad de la sobrepesca.

Tengo un amigo que apunta algo al respecto: «Hoy por hoy, nos conformaríamos con que se tuviese más cultura del agua y agradecer todo lo que nos da, repensando lo que le damos a los seres vivos que viven en ella, y lo que dará a los que quieran vivir de ella. Por cierto, un 70 u 80% de los seres humanos somos agua y algunos incluso, con cultura».

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