Calidad humana

ESTE fin de semana he disfrutado de la compañía de mi prima, una profesora francesa de vastísima cultura y que ha vivido en diversos países. Desde hace meses reside en Madrid y nos ha rendido una cariñosa visita antes de regresar a su Francia natal. Curiosamente, me han llamado la atención sus constantes halagos a España, en los que me comenta que somos una mezcla ideal entre el mundo latino y el norte de Europa.
Los italianos (vivió 10 años en Roma) son también amables y alegres, dice, pero el país está carcomido por la corrupción. En cambio, constata que nuestro sistema de transporte va sobre ruedas. Los trenes son puntuales, los aseos están impecables, todo es profesional, nada chirría. Y es que la vida aquí resulta infinitamente más humana, más amable que en Francia, donde la amenaza de huelga, la indignación y el enfado son perennes.
Adora las tapas, imposibles de encontrar en Europa, esa forma tan española de encarar las comidas. Con ellas saboreas la libertad: gastar poco o mucho según convenga; sentarte, o disfrutar de pie, y hacerlo en cinco minutos, o en un par de horas, dependiendo del tiempo y la buena compañía.
Andando por la calle, observa que la gente no tiene miedo, y ella sabe que la ausencia de miedo es un rasgo primario de la felicidad. Le llama la atención la falta de esnobismo, la amabilidad de la gente en las relaciones humanas y profesionales. Le parece asombroso que la familia, que la persona con mayúsculas, siga siendo el centro de nuestras vidas.
Me ha sentado bien escucharla. Los graves problemas económicos, políticos y sociales que azotan el país nos hacen sojuzgarnos muy duramente. Por eso viene bien que alguien nos recuerde que nuestro país funciona, y que incluso se distingue por su calidad humana.

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